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[Narración General] Arenas Rojas: La Playa de la Muerte
#1

OST

Crónicas

12 de Febrero de 121 DVF
El País del Rayo, encabezado por Kumogakure no Sato lanza un ataque sorpresa sobre el País de la Tierra.
Confiados en una rápida victoria, los ninjas y soldados del Rayo toman la Costa Norte de la Tierra y avanzan hacia la capital.
El Ejército Feudal colapsa en las primeras horas de conflicto. Sin un líder claro, Nueva Iwa toma el mando de la Defensa Nacional.
Comienza la Gran Guerra del Norte.
12 de Noviembre de 121 DVF
Nueve meses después la situación es completamente diferente: Kumo se bate en retirada.
La Fuerza Invasora, formada originalmente por 150.000 hombres ha sido casi completamente aniquilada. Apenas quedan 40.000.
La Tierra recupera terreno con grandes pérdidas. El Señor Feudal y los principales nobles han muerto. Nueva Iwa tampoco tiene Kage.
Hay más de un millón de bajas civiles y medio millón de refugiados. Nueva Iwa se ha quedado sin reservas.

13 de Noviembre de 121 DVF
Comienza la Ofensiva de Kakōgan, un último intento por revertir la continua retirada del País del Rayo.
Samurai, caballería y cañones son desplegados por Kumo en una inmensa pradera. Nueva Iwa envía lo poco que le queda.
Tras ocho horas de intenso combate, las últimas tropas de Kumo se retiran a la costa. Solo les quedan 22.000 hombres.
Nueva Iwa captura gran parte del equipo de guerra de su enemigo y se hace con casi 6.000 prisioneros de guerra.

17 de Noviembre - 29 de Noviembre de 121 DVF
Lo que queda del Ejército Mixto del País del Rayo se refugia en la Costa Norte, esperando a que les recoja la flota.
No les queda comida, no les quedan armas, no les quedan ganas por combatir. Solo desean volver a casa.
La mayoría de guerreros son reservas de la última ofensiva. Todos los veteranos de la guerra ya han muerto o se han rendido.
[...]
Un muchacho de 15 años camina por la playa.
Yomotsu caminaba con dificultad por la blanca arena de la playa. Sus pies, llenos de heridas y de ampollas reventadas sentían el dolor de mil agujas a cada paso que daba. Por ello, tras mucho aguantar, se paró en plena caminata y se quitó las sandalias lanzándolas al agua. Acto seguido se quitó los calcetines y por fin sus pies pudieron descansar sobre la fresca arena. Caminar seguía siendo un dolor, pero algo menos molesto. Su nariz moqueaba, y por mucho que se limpiase los orificios con sus ensangrentados dedos, la situación no cambiaría. Fue entonces cuando el joven lancero comenzó a observar cuanto le rodeaba en aquella playa desolada.

No era el único caminando, le seguía al menos medio centenar de lanceros de las Tierras Altas del Rayo. Jóvenes granjeros equipados con armaduras de mimbre y planchas de hierro, armados con lanzas partidas y espadas oxidadas que antes pertenecieron a sus abuelos. La situación era tan mala que muchos de ellos, tras perder sus armas, habían optado por saquear los pueblos y aldeas que habían encontrado por el camino. Algunos iban armados con hazadas y rastrillos. Sus rostros estaban demacrados. Ojeras, sangre, moratones... lágrimas. Un hombre siempre debe mantener la compostura, alzar la cabeza y resistir lo que le venga encima. Llorar es de débiles. Pues bien, en aquella playa ya no quedaban hombres, solo niños. Como ovejas siguiendo a un pastor, avanzaban rumbo hacia el sur siguiendo la línea de la playa, tras los pasos de un Chuunin de Kumogakure. Este no se diferenciaba mucho del resto de guerreros, salvo porque llevaba un chaleco ninja y una bandana. Cuando el grupo de soldados vio a lo lejos a un Jounnin de Kumo, todo colapsó.

Los soldados corrieron hacia el oficial y empezaron a hablarle con desorden y confusión. Las preguntas más repetidas eran las mismas que en las últimas semanas. ¿Dónde están los barcos? ¿Y la Flota del Trueno? ¿Cuándo volverán a buscarnos? Y la respuesta también solía ser la misma, una que solo sumía más y más a los soldados en la más absoluta depresión:

El último transporte de la jornada ya ha partido. Vuelvan a sus puestos, mañana volverá otro.

Pero... si solo son las diez de la mañana... No importa, la flota no nos dejará abandonados... ¿verdad? Quiero volver a casa... 

La moral estaba por los suelos, y el pesimismo encontraba buena acogida en los corazones derrotados de un ejército sin líder. Sin nada más que hacer, Yomotsu siguió caminando y observó el drama de la Costa Norte. Los ninjas de Kumo hacía días que se habían marchado, caminando sobre las aguas y abandonando al ejército regular a su suerte. Por mucho que lo intentasen, los samurai y jinetes no conseguían caminar sobre las olas y simplemente se hundían tocando fondo. Pronto eso dejó de importarles, y no era raro ver un guerrero desnudarse en plena playa e intentar alcanzar a nado... los 450 km que separaban ambos países. Yomotsu se paró un instante, y quedó impresionado ante la visión que se deparaba ante él. Un Jin-Roh, las tropas de élite sucesoras de los samurai, se despojaba de su pesada armadura pieza a pieza. Los Jin-Roh recibían un entrenamiento intensivo de 6 años, estaban preparados para enfrentar traumas psicológicos, miedos y heridas mortales con gran entereza. No parecía ser el caso de este guerrero, que lanzaba su fusil y sus guanteletes al océano antes de caminar en dirección al mar. Yomotsu le perdió de vista cuando una ola le pasó por encima de la cabeza.

Un disparo le despertó de su ensueño. A pocos metros delante de sí, una hilera de fusileros aguardaba con sus mosquetones preparados. En frente, casi una veintena de caballos purasangre esperaban algo inquietos. Un oficial se iba acercando a estos con mucho cuidado y tras acariciarles un poco el morro les apuntaba con una pistola y les metía una bala entre los ojos. Las lágrimas del oficial eran imposibles de ocultar, pero las órdenes eran claras: el equipo no debía ser capturado por el enemigo bajo ningún concepto. Uno a uno los caballos fueron cayendo inertes sobre la arena, tiñéndola de rojo y asustando al siguiente de la interminable lista de corceles. El joven lancero tuvo que seguir caminando, no quería ver más. Idéntica situación se repetía más adelante. Una docena de cañones se amontonaban en la playa, y los operarios que antaño los empujaron ahora los desmontaban y colocaban cargas de sellos explosivos. Nada debía caer en manos enemigas.

Por tercera vez en cien metros la escena se repetía, pero no con caballos ni cañones, sino con personas. Varios ninjas de Kumo tenían frente a sí a una veintena de niños, de edades comprendidas entre 15 y 17 años. Todos ellos tenían el torso desnudo y tiritaban ante el frío del norte. Los oficiales les colocaban sellos explosivos a la altura de las costillas y de los pectorales, con mucho cuidado y con un gran respeto. Cuando terminaban, volvían a vestirse con su armadura improvisada de mimbre y marchaban de vuelta al campo de batalla. Morir mártir es la mayor gloria que un soldado puede conseguir en favor de su nación. Había una gran montaña de fusiles y arcabuces en un lateral de la playa, y una pareja de soldados se turnaba para partirlos contra una piedra. Justo en frente, un coronel del Ejército se colocaba de rodillas ante una esterilla. Con el torso también desnudo, desenfundaba su katana familiar y limpiaba su filo con agua mineral de un manantial cercano. Había gente cantando, haciendo un coro similar al de un templo budista.

Por doquier había miedo y sufrimiento. Soldados sentados en la arena, en posición fetal llorando. Otros, intentaban dormir infructuosamente, pues las pesadillas del frente les atomentaban cuando menos se lo esperaban. Un anciano cavaba una tumba con un kunai en la tierra, mientras dos cadáveres le esperaban a su diestra. Cuando el agujero fue lo suficientemente profundo, empujó ambos cuerpo y luego se introdujo él. Había hileras de personas haciendo una cola imaginaria que acababa en el mar. Creían, ilusos, que serían los primeros en ser evacuados cuando llegase la siguiente embarcación. Pese al desánimo, permanecían de pie y firmes en sus puestos. Y de fondo, como orquesta macabra de una playa desolada, se escuchaban disparos y explosiones esporándicas en la lejanía, al norte y al oeste. Yomotsu estaba cansado. Su pelo estaba grasiento y alborotado. Ciertamente, hacía más de un mes que no se aseaba correctamente. En consecuencia, pues esto no era un caso aislado, las enfermedades se propagaban rápidamente entre el Ejército del Rayo y se cobraban casi más vidas que una batalla.

Un rugido inesperado cambió la situación. Hombres, niños, ancianos, heridos, oficiales, guerreros y ninjas miraron hacia el norte con cara de asombro y consternación. Algunos quedaron hechizados, en el sitio. Otros soltaron sus armas, corrieron al mar e intentaron nadar lejos de la playa. Yomotsu no siguió a estos últimos. Estaba cansado, y simplemente se arrodilló en la arena roja y cerró los ojos esperando por fin abrazar a la muerte, el descanso eterno que tanto se había merecido en los últimos meses de contienda...

Final

30 de Noviembre de 121 DVF
Diez mil soldados del País del Rayo son aniquilados en un mismo día.
Las últimas fuerzas enemigas en el País de la Tierra se rinden inmediatamente.

Estadísticas e inventario

Nivel: 1
Fuerza:
0
Resistencia:
0
Velocidad:
0
Agilidad:
0
Destreza:
0
Presencia:
0
Inteligencia:
0
Control de chakra:
0

Vida: 0 Chakra: 0 Estamina: 0

No hay objetos en el inventario.

[Imagen: hayate-narrador.gif]
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