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[Narración General] La Batalla de la Isla de Saya
#1
La noche era fría, pero un calor como nunca antes visto se aproximaba. Nubes en el firmamento y luna nueva. Ni un resquicio de luz llegaba hasta los tripulantes del crucero Kitakami, pero sus oficiales eran veteranos de la Gran Guerra y habían sido entrenados para ver en la oscuridad. Se les enseñó a vislumbrar pequeñas luces en la lejanía, estrellas de día o incluso el brillo de un simple cigarrillo a millas de distancia. El capitán del Kitakami era un hombre mayor, de unos setenta años pero tan fiero como en su juventud. Había ordenado el parón total de las calderas de vapor de su navío, uno de los más modernos de la Flota del Agua. Las poderosas malas de madera dejaron de girar y el barco se quedó inmóvil sobre el agua. Junto a sus dos gemelos, los cruceros Chikuma y Nagawa, se le había ordenado patrullar el sur del Archipiélago del Agua. Habían partido solo una jornada antes de puerto y se encontraban dando la vuelta por el oeste, a la altura de la Bahía de los Naufragios, donde harían una parada nocturna. Pero algo cambió los planes de la flota.

 El capitán del Kitakami no soltaba sus prismáticos. Las manos le temblaban, y su aliento creaba una pequeña nube de baho que blanqueaba el aire. Estaba nervioso, y helado de frío, pero por nada del mundo apartaba la vista del horizonte. Juraría haber visto sombras al otro lado de la Isla de Saya, a apenas unos kilómetros de distancia. A su parecer, algo enorme había pasado al otro lado de esta y pronto quedaría al descubierto. No lejos de allí un viejo faro militar escrutinaba el océano. Su foco no daba vueltas en 360º sino que barría todo el horizonte en busca de navíos. Por suerte, este faro ya estaba avisado de la presencia de los tres cruceros y no les apuntó con su potente luz. En cambio, sí apuntaba por donde aparecería el invitado desconocido.

¡Takeshi! ¡Takeshi...! - gritaba el capitán. Su voz era alta y clara, pero lo suficiente como para no alertar a quien estuviese allá en la espesura.

¡Todo dispuesto capitán! El Chikuma y el Nagawa también están en alerta. Cañones listos.

Nuevamente reinó el silencio. Nada se escuchaba en la bahía, salvo el choque de las olas contra las rocas y el incesante lamento del océano. El capitán apartó los prismáticos de sus ojos para poder frotárselos con su mano enguantada. El cuero del guante picaba un poco, pero aliviaba su vista cansada tras casi media hora de vigilancia noctura. La madera del propio Kitakami también crujía, y el poco acero que protegía la estructura recibía el choque de las olas con firmeza. Finalmente, el gigante surgió de nuevo al otro lado de la pequeña isla. El viejo marino lo escudriñó con sus prismáticos, aguardando el momento oportuno para descubrir su misterio. El foco iba y venía, se alejaba y se volvía a acercar. Tardó unos angustiosos segundos, pero finalmente iluminó el objetivo. Se trataba de un navío de madera, una galera. No era demasiado grande, y una lona cubría toda la cubierta. No cabía duda alguna: era un transporte militar, pero aún había más.

Los operarios del foco estaban entrenados para, una vez descubierto un navío, mantenerlo en la luz todo lo posible, o recorrerlo con este en busca de información adicional. Cuando el foco apuntó a la popa del navío, otro apareció justo al final de este, Y otro más, así hasta localizar un total de seis navíos, todos transportes de guerra. El anciano marinero siguió el foco con sus prismáticos en busca de información vital, y la consiguió. Un dibujo en la vela mayor, un dragón de color aguamarina, símbolo inconfundible del País del Mar. Para el capitán del Kitakami no había duda alguna sobre cómo actuar de ahora en adelante.

¡Takeshi! ¡Distancia!

- El indicador muestra 1800 metros, capitán.

Es demasiado, están pasando la Isla de Saya. Marque 1200 metros.

- ¡Marquen 1200 metros! - gritó a los tripulantes del navío. Un engranaje comenzó a girar, y con él las poderosas torres del crucero de vapor. No eran tan poderosas como las de los acorazados del País del Mar, pero producían un ruido similar al ser disparados. El segundo al mano del Kitakami miró a su capitán, asustado y desconcertado - ¿Lanzamos disparos de advertencia?

Sin advertencias, sin vacilación. Estos son enemigos. - dijo el capitán sin dejar de mirar la flota del País del Mar.

La tripulación del crucero corría de un lado a otro de cubierta, asegurando la correcta elevación de las torres y que todo estuviese en sus puestos. Apenas hubo supervivientes de la marina del País del Agua durante la Gran Guerra, pero se tuvo especial cuidado en repartirlos entre los mejores navíos de la nación. El Kitakami fue uno de los afortunados en contar con dichos veteranos. Aunque la mayoría de sus tripulantes eran jóvenes e inexpertos, se habían estado formando durante años para un momento como este. Tener a héroes del último gran conflicto entre ellos no solo les animaba sino que reforzaba la moral para cumplir con su cometido. Pese a todo, los nervios estaban a flor de piel, y más de uno vomitaba en cubierta. No por un mareo, sino por el miedo a lo que se avecinaba.

Señor... - titubeó el primer oficial - ¿... y si nos esquivocamos?

Solo entonces el viejo capitán dejó de mirar a los lejanos navíos y le miró a él. Sus ojos se cruzaron durante unos segundos eternos, y el viejo marino asintió para darle confianza. Sabía que el primer oficial estaba aterrado, igual que él, pero eran oficiales y debían mantener la firmeza por el bien de la tripulación y de toda la nación. Sin dudas, sin titubeos. Lo que estaban a punto de hacer salvaría a cientos, si no miles de civiles del País del Agua. Debían tener convicción en ello.

A mi señal. - dijo mirando su reloj de bolsillo. Eran las dos y cuarto de la madrugada. - Fuego. - dijo, para posteriormente taparse los oídos.

¡Cañón uno, FUEGO! - repitió el primer oficial.

Los dos largos cañones de la torre abrieron fuego, creando una gran llamarada que iluminó la noche durante un breve periodo de tiempo. Así mismo, una gran detonación retumbó en la bahía y una onda sacudió la madera del barco. Tras un silbido y unos segundos que se hicieron eternos una segunda llamarada iluminó el horizonte, esta vez en el casco de uno de los transportes. Se escucharon gritos en la lejanía, y el crujir de la madera de la galera. Se sucedieron más detonaciones procedentes de los otros navíos del País del Agua, que terminaron por descubrir la posición oculta de los tres cruceros. Columnas de agua se levantaron allí donde los proyectiles habían fallado, a apenas unos metros de los navíos, pero en la mayoría de casos acertaron. Los obuses hicieron grandes destrozos en los barcos de madera enemigos, e incendieron uno de ellos. El fuego comenzó a consumir primero el casco, y posteriormente las velas. Los navíos de madera no estaban listos para combatir contra la nueva generación de barcos de vapor hechos en el País del Agua, y los marineros del País del Mar estaban probando la propia medicina que ellos mismos repartieron durante la Gran Guerra.

¡Cañón dos, FUEGO! - grito por segunda vez el joven oficial.

Un nuevo destello sacudió el Kitakami y en esta ocasión fue otro navío el impactado. Ya eran tres de los seis transportes los que estaban en llamas, los que encabezaban el convoy. Uno de ellos escoraba a gran velocidad, víctima de un obús penetrante por debajo de la línea de flotación. Cuando el espantoso ruido de los cañones cesó, los tripulantes del Kitakami pudieron escuchar con nitided los gritos de lamento de los pasajeros de los transportes. Una sinfonía macabra que heló hasta al más veterano de los marineros. No hubo tiempo de descanso, pues nuevas detonaciones se produjeron en el horizonte desde los transportes, e impactaron de lleno al Kitakami. Una salva de proyectiles les alcanzó todo el lado de estribor y se llevó consigo a quienes allí se encontraban. Una alarma comenzó a sonar en el buque, y los sanitarios comenzaron a correr de un lado a otro.

¡Enciendan los focos, y localicen la fuente de esos disparos! ¡Enciendan calderas, a un cuarto potencia!

¡Enciendan focos, busquen los otros navíos! - repitió el primer oficial. A continuación, gritó a un tubo que se encontraba junto a ellos en el puente de observación. Este era el modo más rápido de comunicarse con la sala de máquinas, y tras destapar el tubo gritó nuevas órdenes a quienes allí abajo se encontraban - ¡Calderas a un cuarto de potencia! Capitán, aún así tardarán en encenderse... ¡cuidado!

El oficial estaba en lo cierto. Una segunda salva de cañones falló por unos metros, estrellándose contra las olas. El Kitakami, al igual que el resto de navíos de vapor detenidos, estaba muerto en el agua sin sus calderas encendidas. Mientras estas arrancaban, serían un blanco fácil para los escoltas de los transportes. Por suerte los propios focos de los navíos dieron con estos escoltas, y comenzó un intercambio de proyectiles que se alargaría durante las dos horas siguientes. Los tres cruceros de vapor acabarían abandonando su posición estática y navegarían hasta la flota enemiga para entablar combate a una distancia aún más corta. Los barcos de madera al principio resultaron ser más silenciosos y rápidos, pero una vez localizados no pudieron escapar de las precisas salvas de los barcos de vapor. Tras un intercambio de cañonazos y algunos e imprecisos cohetes, la victoria estuvo asegurada.

El primer oficial corrió hasta la popa, donde supervisó él mismo los daños. Atado a una cuerda se dejó caer por el lado de estribor y pudo ver el grosor de la grieta que les habían hecho. No era muy grande, pero entraba agua, aunque por suerte la madera resistiría hasta llegar a puerto. Una vez estuvo a salvo en cubierta, se dirigió a paso ligero hasta el puente, donde el capitán se encontraba sentado. Tenía el brazo vendado, y no dejaba de mirar a los restos humeantes de los transportes del País del Mar.

¡Capitán! Los daños en popa son mínimos, aunque la sala de mapas recibió de lleno una salva, en el lado de estribor.

Jejeje - el anciano no pudo evitar una sonrisa - No se preocupe, Takeshi, creo que sabremos volver a casa.

Capitán... el Chikuma y el Nagawa ya han remitido sus informes. Veinticuatro muertos entre los tres navíos, daños leves en el Chikuma y moderados en el Nagawa. Sus capitanes están a la espera de órdenes, señor. - dijo manteniendo su posición firme.

- Veinticuatro muertos... a cambio de cuatro transportes hundidos con incontables enemigos abordo, y una galera liviana gravemente dañada. Además de otros dos transportes y otra galera de escolta que han huído con daños moderados, yo creo que la balanza está a nuestro favor. ¿No cree, primer oficial?

- ¿C-Capitán? - dijo entre dudas el oficial.

Volvamos a casa, ya hemos cumplido con nuestro deber. - finalizó el capitán del Kitakami.

Estadísticas e inventario

Nivel: 1
Fuerza:
0
Resistencia:
0
Velocidad:
0
Agilidad:
0
Destreza:
0
Presencia:
0
Inteligencia:
0
Control de chakra:
0

Vida: 0 Chakra: 0 Estamina: 0

No hay objetos en el inventario.

[Imagen: hayate-narrador.gif]
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